La Lavadora

De pequeño mi padre me advirtió que no mirara la lavadora. Yo era muy pequeño, para que le iba a hacer caso.

Con el paso de los años me dí cuenta que tenía razón: no se puede mirar la lavadora de pequeño y pensar que eso no te va a traer problemas el día de mañana.

Mi madre era mucho más condescendiente; cuando mi padre se marchaba ella me ponía trapos de colores y alguna que otra braga para que tanto calzoncillo de mis seis hermanos no alterara mis hábitos sexuales.

Uno de mis hermanos, el “Broncas”, metía ropa de color en la colada blanca, para que me diera cuenta de que “la gente sólo quiere joderte pero aún así eso les parece poco”.

Otro de mis hermanos, el “Neuras”, podía coger un taburete y pasarse la tarde a mi lado, me hablaba del caos, de la desorganización y me hacía ver como un pantalón de pana, que pasaba cíclicamente junto a dos camisas de franela dejaba de hacerlo sin razón alguna.

Sé que todos tenían razón, pero a mi estar delante de la lavadora me daba cierta seguridad, nunca supe por qué pero nunca volví a vivir momentos tan apacibles como aquellas tardes de domingo que me sentaba frente a la lavadora y veía una buena colada.

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Tu vida en 65′

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