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Gigantic Vagina

23 febrero 2013

Anselmi, la finlandesa y su amiga, están en un curso de sociología Internacional en Alicante y ese día hay excursión a Valencia.

Por la tarde, Anselmi me dice:

– Acabo de hablar con Peivi. Están en un museo viendo una vagina gigante. ¿Sabes dónde está y vamos a verla?

La cara que se me queda es esta: O_O.

Los pensamientos que pasan por mi mente son: ¿será el museo de arte moderno? ¿Una escultura?¡¡¡ ¿Vagina Gigante? !!!
Y mi respuesta es: No, no tengo ni idea de dónde está eso que dudo que sea una vagina gigante.

2 horas más tarde, en el punto de encuentro Peivi ya ha llegado y me enseña las fotos de la vagina en cuestión:

GV1

GV2

Yo no sé si les sorprendió más saber que eran planos de edificios o que tengamos un museo, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia,  con forma de Vagina Gigante.

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Domingos valencianos

La tradición es reunirse en familia, ya sea grande o pequeña y comer paella.

Afortunados, como mi familia, que se puede hacer a leña.

Desde que tengo uso de razón recuerdo subir a La Cueva, que es la casa de mi abuela y reunirme con todos mis primos y mi tío, mi abuelo o mi abuela haciendo la paella.

Y el ritual de preparación y de limpieza. Hay que fregar la paella y untar el cuelo (por la parte de fuera, claro está) con jabón en polvo. ¿Para qué? NI IDEA. Pero en mi casa se hace así.

Y luego, al limpiarlas y secarla, hay que untarla con aceite pera que no se oxide. Eso sí que lo sé.

Y para explicar las reglas de cómo comer la paella, os pego el link de un blog que leí:

LA PAELLA

Rosquilletas

Hay veces que crees que hay cosas que todo el mundo conoce y te sorprendes (al menos yo) cuando descubres que no es así.

Aún no me puedo imaginar como es (y ha sido) la infancia de los niños españoles que no conocen las rosquilletas. Es decir, los que no han crecido en la Comunidad Valenciana.

Ya me sorprendí cuando las saqué en el curro de Irlanda y me miraron preguntándome:

Pero eso….¿qué é lo qué é?

Y fue un diálogo de besugos:

– Rosquilletas
– Rosquiqué?
– Rosquilletas
– ¿Cómo rosquillas pero sin ser redondas?

 No eran rosquillas, eran rosquilletas de toda la vida UNIVERSALMENTE CONOCIDAS. O eso es lo que creía hasta entonces.

Luego conocí a la que pasó a ser mi familia adoptiva del sur, Los Linares, que las vieron y una de ellos dijo: “eh, eso lo compro yo en el Mercadona!”

Y una madrileña me dio que era parecido a los “picos”. Pero ni punto de comparación.

El otro día, Blondie y yo estábamos hablando por asuntos de trabajo y le pregunté por su almuerzo y ella por el mío. Y volvió a salir la conversación:

– Rosquilletas
– Rosquiqué?
– Rosquilletas
– Intuyo que son redondas.

Y no, las rosquilletas son o han sido el almuerzo o merienda que cada valencianito tiene o ha tenido  en su infancia más de tres días a la semana: rosquilletas y un zumo. Por supuesto, aunque su nombre confunda, no son redondas.

En sus orígenes eran unos palos de masa que podías encontrar en cualquier horno.

Y también podías encontrar a sus amigos, los saladitos, que eran iguales, pero la mitad de largos (o cortos, como se quiera ver) y con sal.

Ahora, gracias a Mercadona, están en todo el territorio español y las puedes encontrar:

  • Tradicionales al horno de leña
  • Con pipas
  • Con cacahuetes
  • De cereales
  • Integrales
  • Con chocolate
  • De queso

Y seguro que algún sabor me dejo.

¿Cómo son visualmente? Así:

 

Y si mi explicación no os ayuda nada, las webs de las marcas más famosas

Anitín

Aima

Velarte

Alba

Después de leer este post, si no las habéis probado nunca, corred a un Mercadona, buscadlas, probadlas y ya me contáis.

Nando y Flora

Odio fregar.

Hay otras tareas del hogar que me gustan más o menos, pero fregar lo odio desde que tengo uso de razón.

Planchar lo evito, vamos a ser sinceros. Pero es que no se puede vivir sin fregar. Hasta yo lo sé.

Tengo recuerdos de cuando me tocaba fregar de pequeña.

Los platos bien, los vasos también: pluj, pluj, pluj, el ruido de meter el estropajo entero con la mano dentro de los vasos.

Pero después de la “diversión”, con agua calentita, claro, en el fondo de la pila estaba la pesadilla: UNA MONTAÑA DE CUBIERTOS.

Odio fregar los cubiertos. Y la eterna discusión con mi madre. Yo ponía los cubiertos como caían en el escurridor y mi madre me explicaba que no, que los “mangos” van hacia abajo, por higiene.

Le hice caso, pero con una pequeña diferencia: el mango de los cuchillos también los ponía en la parte de abajo.

Ella se empeñaba en que con los cuchillos era diferente y yo le decía que entonces rompía la regla de la higienedad.

Gané yo, información para los que aún continúan leyendo. Pero no le digáis que ahora lo hago como ella siempre intentó inculcarme y nunca consiguió mientras vivía en su casa. Muhahahahaha.

Pero si tengo que elegir que es lo que odio fregar más sin duda son los Tuperwares.

Siempre acaban pastosillos, si son de cosas que has descongelado o con restos si son de la comida que te has comido ese día. Los bordes hacia dentro de las tapaderas, aghhhhh.

En Dublín descubrí lo de tener lavavajillas, lo tuve en todas las casas en las que viví y en Belgrado lo eché muchísimo de menos. La noches previas a los viajes varios que hicimos eran todos iguales: las tantas de la madrugada, la maleta hecha y fregando los cacharros porque si no lo hacía me saludarían a la vuelta.

Cuando volví a la casa familiar, descubrí que mi madre tenía un pseudo-lavavajillas: MI ABUELA.

Al principio me partía, porque me terminaba la cena, llevaba el plato y cubierts a la pila, volvía al comedor y acto seguido mi abuela, silenciosamente, se levanta y volvía a los dos minutos. Curiosa que soy yo, le pregunté a mi madre y me dijo: “va a lavar lo que dejas en la pila, es como si tuviera sensor. Hay veces que parece que está durmiendo pero no, sabe si alguien ha dejado algo en la pila y se despierta y va a fregarlo”.

Por eso, cuando me mudé llamé varias veces a mi madre rogándole: “Mamá, pon a la abuela en un autobús con destino El Pueblo que ya no me caben más cosas en la pila”.

Nunca lo conseguí. Por eso me decidí a comprármelo, MI PRIMER LAVAVAJILLAS.

Y ahí está, Nando, en mi corral patio exterior. Junto a Flora, la lavadora. Y con mi cajita para las pastillas de lavavajillas, que mola mil.

Miniduluvio

Llovía antes de irme a Los Doblonen. Y eso es hace ya más de 2 semanas. Desde entonces, sólo hay agua y más agua cayendo desde el cielo.

Este finde ha sido uno poco fake. Como cada dos semanas, estoy de guardia (Los Doblones tienen alguna que otra pega) aunque nunca es nada muy complicado, alguna llamada con solución inmediata. Pero ayer sábado por la mañana y la de hoy, domingo, las he pasado en el curro esperando que el técnico nos arreglara Interné.

Ya he vuelto y aquí estoy, metida en la cama, oyendo como ha empezado a granizar. Truenos y granizo y los gatos a mi vera, acojonados con el ruido de la lluvia.

¿Y qué hago yo con la colada que está lista para ser tendida?

No pensaba que llovería de tal manera cuado hace media hora decidí que podría hacer una colada.

Uy, está lloviendo con ganas. Cuando se pase, otra vez a intentar que mis plantas se recuperen. La que me regaló Twil para mi cumpleaños aún está en la mesa del comedor recuperándose del último minidiluvio. Y mi última adquisición, la veo medio caída desde la ventana. Ir a por ella en estos momentos implicaría entrar en casa como si hubiera salido de la ducha a coger el teléfono. Empadada y con el agua corriendo desde mi cabeza.  Además de coger frío y un futuro constipado que, según mi madre, ya estoy incubando.

La lluvia de Dublín no era así, era más llevadera, pero igual de “no deseada”.

Son muchos días ya en los que la lluvia condiciona mi rutina diaria y ya me está empezando a tocar las narices. Me gustan las tormentas de verano, pero por el simple motivo que hacen mucho ruido pero acaban pronto. Tantos días de truenos y centellas han perdido la emoción y la tranquilidad que me proporcionaban.

Y durante esos días me he acordado de esa canción que dice:

Valencia,
es la tierra de las flores, de la luz y del amor.

¿Flores? No sé yo cuantas me sobrevivirán a tanta agua.

¿Luz? Son las 12 del mediodía y parece que está anocheciendo. Como todos los días de noviembre.

¿Amor? El que se me va a mi y la mala leche que me entra. ¿Qué no sabe el tiempo que a mí los cambios repentinos o que rompen mis rutinas los llevo muy mal? Aghhh.

Oigo un ruido metálico y salgo  de la cama para descubrir que llueve mucho. Y  cuando digo mucho es “un mogollonazo”. El patio interior es como una balsa, toda cubierta por 2 dedos de agua. Agua que ha entrado en mi comedor y por eso está inundado.

Me lo tomo con tranquilidad. No se ha dañado nada y mientras achico, los gatos me miran extrañados. Prueban lo del cruzar el inmenso charco que cubre el comedor y es gracioso, porque cada vez que sacan una pata para avanzar, la sacuden antes. No les gusta esto de tanta agua.

Y yo sigo a mi marcha, achicando, con el ruido del agua sobre la uralita. En total he sacado 4 cubos. Por supuesto, me ha pasado lo típico: le pones tanta emoción a lo de escurrir el mocho que vuelcas el cubo. Los gatos me han mirado como diciéndome: esto es un poco de tontos, ¿no? recogerla para luego tirarla.

Y no puedo evitar que esta canción venga a mi cabeza: