Archivos diarios: 25 junio, 2013

Dolor infinito

Este iba a ser un post medio chorra, reconociendo la poca higiene bucal que tengo (si es que la hay) sus consecuencias y contando que he acabado yendo esta mañana al dentista para descubrir que no me podía arreglar el boquete que llevo en una muela porque tenía que curarme de una infección que llevo.

Pero en cuestión de 12 horas, este post ha dado un giro radical. Ahora es uno en el que habla de “verle las orejas al lobo” y de lo mal que se pasa cuando tienes un dolor que hace que te despiertes a las dos de la madrugada, no disminuye y todo lo que se te pasa por la cabeza en esas horas infernales.

Cuando el dentista me ha comentado esta mañana que si me dolía mucho-mucho él ya sabía lo mal que lo iba a pasar. Y me ha dado el visto bueno para que, además del antibiótico y el ibuprofeno cada 8 horas podía tomarme un Nolotil cada 4. En ese momento he pensado que era un exagerado y no lo iba a necesitar.

Así que a las doce de la noche sólo me he tomado el antibiótico y el ibuprofeno, he leído un poco y me he dormido sobre la una.

Y una hora después, ME DESPERTADO DEL DOLOR. Sudada pero con la frente fría. Y un dolor intenso en la encía superior derecha. Y me he tomado el Nolotil, esperando un milagro. A la hora y media, estaba desesperada. El dolor seguía con la mima intensidad. Y ha empezado la paranoia. He comprobado que todos los medicamentos que me he tomado no estaban caducados pero estaban en vigor. Y sólo había pasado hora y media, casi dos, no podía tomarme más pastillas. Y se te pasa por la cabeza la idea de que morirse en ese mismo momento es lo que deseas, para que el dolor desaparezca. Y haces algo que te sabe mal, que sabes que no va a funcionar pero que necesitas hacerlo aunque sean las cuatro de la madrugada: llamas a tu madre por teléfono. Y te dice que te tomes otro Nolotil porque no pasa nada y te intentes relajar. Y cuando cuelgas, lloras un poquito porque lo llevabas atascado y necesitaba salir.

Y te tomas el segundo Nolotil rezando para poder dormir y que se haga de día y no tener que luchar contra la combinación de dolor, silencio y oscuridad.

Como nada cambia, opto por dejar que Turbo venga a mi cama a ver si con el ronroneo me siento mejor. Y la luz encendida. Pero no, seguimos igual.

Y por eso estoy a las  cinco menos cuarto escribiendo este post, intentando no pensar en el dolor. Hace mucho que no me pasaba. Y es horroroso. Pero por mucho que le ve las orejas al lobo, sé que seguiré igual. O a lo mejor tengo suerte y esta vez lo consigo.

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