Horchata

Ayer, antes de que se me rompiera el espejo retrovisor había estado en la biblioteca.

Entre la biblioteca y el coche hay una plaza.

Y en la plaza un puesto de granizados y helados de esos de crema o de yogur.

Y pensando que sólo me había tomado 5 horchatas en todo el verano, me pareció buena idea que la de ayer fuera la última que me tomara; marcando el inicio de un nuevo curso, un nuevo rumbo, un nuevo otoño.

La compré para llevar y tomármela en casa. No me gusta comer/beber mientras camino.

Pero no me pude resistir y le pegué un sorbo.

Y fue como en las películas, cuando el protagonista inclina ligeramente la cabeza, la cámara enfoca lentamente hacia arriba y la siguiente escena es un recuerdo del pasado.

Esta vez, el mío. Volví a la época del cole. Un miércoles de verano de esos que sales a la una y ya no tienes que volver por la tarde. Y tu madre te está esperando porque hay que ir corriendo a coger el autobús para subir al Pueblo, a comer “Olla” en casa de la abuela pero antes paseo de rigor por el mercado. Ese mercado que ocupa la plaza y algunas callejuelas. Con la parada de los churros en una esquina, en el pasado y en el presente. El mismo churreo pero con más años encima y un hijo que le ayuda en el negocio familiar. Y a continuación, separado de la comida para que no venga Sanidad a cerrar el chiringuito, la “paraeta” de los animales. Ahora pajaritos, tortugas y poco más, pero en aquel entonces, en mi infancia, recuerdo ver patos, conejos, hamsters… De colores, eso sí. Y pedirle uno a mi madre, insistentemente. Y prometer cuidarlo. Y limpiarlo. Y conseguirlo en uno de los miércoles. Y descubrir al llegar a casa, que de tanto jugar durante todo el día, el ajetreo del coche y los golpes en la caja donde lo transportábamos el pobre pato ya no estaba vivo. Pero por una parte nos daba igual, éramos pequeños, estábamos contentos de haber tenido nuestro pato (¿o pollo?) de color naranja fosforito. Aunque sólo hubiera sido por unas horas.

Y entre medias, el momento deseado. Ir al puesto de la horchata. Líquida, granizada o con café. Cuando no había máquinas de esas que dan vueltas. Tan solo unos recipientes gigantes de metal. Pedíamos y veíamos como el horchatero levantaba la tapa y con el cazo vertía la horchata. Un poquito de granizada y el resto de líquida. Y dos pajitas,q ue pòr aquel entonces esran superfinitas. Y probar la horchata de mi madre, que llevaba café.

 Recuerdos de la infancia.

 

 

 

 

5 pensamientos en “Horchata

  1. Chitin dice:

    Q a gusto te quedas cuando te vienen a la cabeza escenas del pasado en las q fuiste feliz, verdad? es una inyección de optimismo! yo también tuve una infancia muy feliz y espero estar proporcionándosela a mis hijos.

  2. blondie dice:

    Lo ves?!?!?!?Me entiendes con lo de las mascotas?!?!
    Uh..el cielo de los patos está petao..a quién no se le ha muerto un pato?!?!?!

    Es ley de vida del pato:nacen, crecen un poquín, van al mercado..y mueren.

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