Cambiar de gafas

Después de 5 años, y aprovechando una medio oferta y que estoy en España, me he decidido a cambiar de gafas.

Llega un momento del ser humano con defectos visuales que la graduación no varía mucho y puedes llevarlas durante muuuuuchos años. Un asco, por un  lado, porque antes al menos aprovechabas y cambiabas de modelo. Alternabas los dos tipos que había: de pasta o de metal. Ahora, hay híbridos.

Si llevas gafas desde pequeño afecta (aunque sea un poquito), pero el sentido de ridículo máximo e irreparable llega en la etapa adulta, o adolescente, o veinteañera (¿esta existe o me la he inventado? ¿se llama así?) cuando ves tus fotos antiguas y piensas: Dios, ¡¡¡ ¿¿¿ como pude elegir comprarme esas gafas rojas ??? !!!

Entonces, haces un pequeño recorrido mental por la colección de gafas que has llevado y llegas a la conclusión que hay veces que no eres totalmente libre para elegir, eres dependiente de las modas y sus ciclos. Modas que deciden que no van a hacer el modelo de gafas que tú buscas y, ciclos, porque descubres que si hubieras guardado las gafas que llevabas cuando tenías 16 años, ahora serías muy cool (o trendy). Como la moda vintage, que te enrabia porque te acuerdas de  vestidos de tu madre que tiró a la basura o los convirtió en trapos para limpiar cristales y que ahora podrías venderlos como mínimo a 40 euros o más, porque son vintage y únicos, como los objetos “exclusivos” que diseñan algunos famosillos y que algunos mortales compran a un precio inalcanzable y presumen de ello.

También descubres lo difícil que es elegir el color. No es tan fácil como el calzado, que piensas en toda la ropa que tienes y dices: vale, me pegan al menos con la mitad de lo que tengo. Pero con las gafas no puedes hacer eso. Afortunadamente, hay una ley no escrita que hace que la gente no te juzgue si tus gafas no hacen juego con tus botas o el jersey. También hay gente, con más suerte, que puede permitirse el lujo o la oferta de comprarse varias gafas e intentar combinarlas con el resto de sus accesorios o prendas de vestir. A estos les tengo envidia sana, A los que se gastan un riñón en algo exclusivo les miro como a los adolescentes que presumen de su mochila de 80 euros, con mi mirada de “ya crecerán y se les quitará la tontería”.

Al hacerte adulto en estos tiempos, en torno al 2010, te enrabias un poquito porque descubres que la gente que se rió de ti cuando te llamaba gafotas ahora se compra gafas increíblemente grandes, vistosas y de pasta (hay veces que sin necesitarlas, pero para ellos son un accesorio más sin graduación) y van de guays.  Pero se te pasa pronto, a los 30 años ya te da igual lo que piensen tus compis de colegio o instituto. Además, sabes que ya no son los populares, que no han tenido tanto éxito como ellos creían, que ellas están más gordas y feas y ellos, calvos.

Y allá vas tú, con tus ahorrillos y creyendo que vas a poder “entrar” en la oferta. Y llegas y no, o sí pero no, te dicen: “con el antireflejante y la reducción de lente tienes el precio se queda al doble del inicial”. Aún así se queda a la mitad de precio de lo que te costarían sin “oferta”.

Sabiendo que la compra no va a acabar tal y como tú quieres, te vas emocionada al muestrario que, a primera vista, tiene muy buena pinta. Como ha pasado tanto tiempo entre un cambio de gafas y otro, que la realidad se distorsiona y te emocionas imaginándote ante del dilema de elegir entre 4 pares de monturas. Pero no, descubres que todas tienen pegas. Las patillas de las monturas parece que son las sobras de otras temporadas y las unen al resto de la montura al libre albedrío, sin ninguna coherencia. Y las que tienen coherencia, resulta que por dentro son rojas con lunares negros (esto es verídico =S).

Lo mejor en estos casos es asumir que ninguna te va a gustar al 100%. Y funciona. He elegido unas gafas azules de pasta (pasta es lo que yo buscaba) pero con las patillas de metal (ya tuve de híbrido y me prometí que pasara lo que pasara no volvería a repetirlo: me río yo de mis autopromesas).

Me había probado ya casi todo el muestrario y, al probarme las que me llevé, me miré al espejo y dije: Anda, soy una mezcla entre los gafapasta que hay sueltos por ahí y Calculín. Y me gustaron. Afortunadamente, mi personalidad se mantiene; no me he convertido ni soy tan lista como el otro.

Yo al 100% y con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Con gafas azules.

 

 

 

 

8 pensamientos en “Cambiar de gafas

  1. Illa dice:

    Yo he tenido un único par en mi vida, y van para cuatro años ya. Son rojas, aunque en su día estuve a punto de decidirme por unas naranjas. Y un día, acabé comprándome un abrigo rojo. :)

    • Visitante4576 dice:

      Ya las cambiarás, ya. 4 años no son nada =)
      Yo es que llevo con gafas de desde los 8 años, no me imagino ahora llevando las primeras que me compré, jeje.

  2. Carlos dice:

    Muy buen artículo. Me siento identificado en gran parte con lo que has escrito. También llevo con gafas desde los 8 años (3º de EGB). Yo ya hace tiempo que renuncié a escoger mis gafas: con un hermano óptico que me elige la oferta más adecuada y una novia con su propio sentido del gusto, mi opinión al respecto carece de importancia. Tampoco me gustan del todo las gafas que llevo y, en general, siempre he tratado de verme en fotografías.

    Calculín y Petete, qué grandes personajes.

    Un beso,
    Carlos

    • Visitante4576 dice:

      Después de 2 semanas que las llevo, me veo muy guapa. Me recuerdo a la de gafas de Scooby Doo. Y mi amigo me dice que a veces parezco un chico. Eso es una señal, estoy más cerca de cambiarme de acera. Si me cambio, por favor, que me toque una rubia. Quiero ser la parte inteligente de la pareja, jeje.

  3. Carlos dice:

    JAJAJAJA ¡Qué buen chiste!
    ¿Se te ha ocurrido al momento? ¡Qué bueno!

  4. Carlos dice:

    Por cierto, al final de mi mensaje había una errata, quise decir “siempre trato de no mirarme en la fotos”.

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